Mientras la guerra entre EE.UU.-Israel e Irán ensombrece el planeta, analistas internacionales ven en la incipiente reconstrucción de Siria un inesperado faro de esperanza. Un conflicto cuyas ondas expansivas, en precios y geopolítica, ya se sienten desde Cabrero hasta el Pacífico.
Analizar el futuro de Oriente Próximo se ha convertido en un ejercicio desolador. La guerra total entre la alianza de Estados Unidos bajo Donald Trump e Israel contra Irán ha arrastrado a la región a un abismo que recuerda al mito de Sísifo. Sin embargo, en medio del caos, una luz tenue pero insistente parpadea desde el lugar más inesperado: Siria.
Tras más de una década de una guerra civil devastadora que, según cifras documentadas por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos y la ONU, dejó más de medio millón de muertos y millones de desplazados, el país experimenta una transición impensada. El cambio de régimen de febrero de 2025, aunque frágil y plagado de incertidumbres, ha abierto una ventana para la reconstrucción. Las imágenes de Jubar, en la periferia de Damasco, que antes eran sinónimo de destrucción absoluta, hoy muestran los primeros y tímidos andamios de la reconstrucción, un hecho que ha sido reportado por agencias como Reuters y Associated Press desde la capital siria.
Este atisbo de normalidad contrasta brutalmente con la tensión en el resto de la región. La actual administración Trump, en su segundo mandato, ha intensificado una política de máxima presión sobre Teherán que finalmente derivó en un conflicto abierto, alterando drásticamente el equilibrio de poder y, con ello, la economía global. Como ha advertido consistentemente la Agencia Internacional de Energía (AIE), cualquier disrupción en el Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte vital del petróleo mundial, tiene consecuencias directas en los precios del crudo.
¿Por qué debería importarnos esto en Cabrero, en Laja o en Concepción? La respuesta está en el surtidor de bencina y en los pasillos del supermercado. Chile importa casi la totalidad del petróleo que consume, según datos históricos de la Comisión Nacional de Energía (CNE).
Cada misil lanzado en el Golfo Pérsico tiene un eco directo en el precio del diésel para los camiones que transportan nuestros productos agrícolas y forestales, y en la bencina que usamos para movernos por la Ruta 5 Sur.
La economía del Biobío, con su fuerte componente industrial y logístico, es especialmente vulnerable a estos shocks externos.
Además, no se puede olvidar la dimensión humana. Chile alberga la diáspora palestina más grande fuera del mundo árabe, una comunidad con profundas raíces en nuestra región, especialmente en el comercio de ciudades como Concepción. Para ellos, como para muchos chilenos de origen árabe, las noticias de Oriente Próximo no son titulares lejanos, sino historias que afectan a familiares y que resuenan con su propia historia. La esperanza en Siria, por mínima que sea, es también la esperanza de un futuro más estable para una región que forma parte del tejido cultural de nuestro país, tal como lo han documentado historiadores de la Universidad de Chile en sus estudios sobre migraciones.
Así, mientras los expertos debaten si la piedra de Sísifo volverá a rodar cuesta abajo, la frágil paz siria se erige como un recordatorio de que incluso en los escenarios más oscuros, la resiliencia humana busca abrirse paso. Una lección universal que se observa con atención desde Washington hasta los campos de nuestra provincia de Biobío.



