A un mes de conocer a su próximo presidente, la nación vecina revive fantasmas de polarización y fraude. Analizamos cómo la crisis entre Sánchez y Fujimori podría impactar desde la frontera norte hasta la economía de nuestra región.
Concepción.- El aire en Lima hoy es denso, cargado de una incertidumbre que los chilenos, y en especial los habitantes del Biobío, conocemos de cerca. A dos días de una elección presidencial que ha partido al país en dos mitades casi idénticas, Perú se enfrenta a un déjà vu político que amenaza con paralizarlo durante un mes. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) ha confirmado lo que muchos temían: la revisión de más de 1.500 actas impugnadas postergará la proclamación del sucesor de Dina Boluarte hasta bien entrado julio, dejando un peligroso vacío que ya se está llenando de acusaciones de fraude y hastío ciudadano.
La contienda entre el izquierdista Roberto Sánchez, heredero político del destituido Pedro Castillo, y la eterna candidata de la derecha, Keiko Fujimori, no es solo una batalla electoral; es el reflejo de una fractura social profunda. Para Fujimori, esta es su cuarta contienda presidencial, un hecho que, como ha documentado el diario peruano El Comercio, genera tanto lealtad en su base como un enorme rechazo en el resto del espectro político. La memoria colectiva no olvida la elección de 2021, cuando perdió por apenas 44.000 votos contra Castillo en un proceso igualmente agónico y judicializado, cuyas cicatrices aún no sanan.
Esta parálisis electoral no es un evento aislado. Se inscribe en casi una década de inestabilidad crónica que ha visto a Perú tener seis presidentes desde 2016, una ‘puerta giratoria’ en el Palacio de Pizarro que ha sido analizada por medios internacionales como la BBC y The Economist. Dicha fragilidad institucional en un socio comercial clave para Chile es motivo de seria preocupación.
¿Por qué debería importarnos esto en Cabrero, en Los Ángeles o en Concepción? Porque la economía no entiende de fronteras. Según datos históricos de ProChile, Perú es uno de los principales destinos de la inversión chilena en el extranjero, especialmente en los sectores de retail y servicios, muchos de los cuales tienen su origen o importantes operaciones en nuestra región.
Una crisis política prolongada en Lima puede depreciar el sol peruano, afectar las cadenas de suministro y, en última instancia, golpear el empleo y la inversión de empresas con lazos en el Biobío.
La inestabilidad del vecino del norte no es un titular lejano; tiene el potencial de sentirse en los precios de productos importados y en las decisiones estratégicas de compañías que operan a ambos lados de la Concordia.
Además, como advierten analistas del Servicio Nacional de Migraciones (SERMIG) en sus informes anuales, las crisis políticas y económicas prolongadas suelen tener un correlato en los flujos migratorios. Si bien la situación actual es de incertidumbre electoral y no una crisis humanitaria, la historia reciente de América Latina nos enseña que la estabilidad de nuestros vecinos es, en parte, la nuestra. La polarización que hoy asfixia a Perú es un espejo en el que Chile, tras el intenso ciclo político que culminó con el gobierno del ex-presidente Gabriel Boric, debe mirarse con atención y cautela. Lo que ocurra en las próximas semanas al otro lado de la frontera será una lección sobre la resiliencia de la democracia en tiempos de crispación.




