La confusión y el reclamo ciudadano en Acapulco tras el paso del ciclón Boris encienden las alarmas en nuestra región. La tragedia mexicana nos obliga a preguntarnos si, desde la costa de Talcahuano hasta el interior de Cabrero, hemos aprendido las lecciones del 27F y los incendios de 2023.
CABRERO.- Mientras los habitantes de Acapulco, México, aún evalúan los daños del ciclón Boris, una noticia más profunda resuena desde el puerto: la ciudadanía no sabe qué hacer. Según reporta hoy el medio local ‘El Sol de Acapulco’, un clamor generalizado exige simulacros, mapas de riesgo claros y rutas de evacuación funcionales. La pregunta, dura y directa, viaja más de 6,000 kilómetros y aterriza en nuestra propia tierra: si un evento similar golpeara las riberas del Biobío o la costa de Arauco, ¿sería nuestro destino diferente?
La situación mexicana es un espejo incómodo. La demanda de sus ciudadanos por información básica de supervivencia —dónde están los refugios, qué zonas son seguras, cómo evacuar— es un eco de las falencias que nuestra propia región ha sufrido en carne propia. No necesitamos mirar tan lejos para encontrar ejemplos. El terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010 expusieron, de la forma más brutal, las catastróficas consecuencias de una institucionalidad descoordinada y una población sin directrices claras. Como documentaron extensamente medios como CIPER y BioBioChile en su momento, la falla en los sistemas de alerta del SHOA y la ONEMI costó vidas y demostró que la infraestructura es solo una parte de la ecuación.
Desde entonces, hemos avanzado. La creación del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SENAPRED) en 2023, en reemplazo de la ONEMI, y la masificación del Sistema de Alerta de Emergencia (SAE) en nuestros celulares son pasos concretos. Sin embargo, los devastadores incendios forestales de ese mismo año en Santa Juana, Nacimiento y Tomé, que arrasaron con más de 200,000 hectáreas solo en el Biobío según cifras del Ministerio de Agricultura, nos recordaron que el riesgo muta y se intensifica.
La lección de Acapulco es brutal y directa: un sistema de alerta de última generación es inútil si la población, al escuchar la sirena, no sabe hacia dónde correr o qué hacer al llegar.
El ‘Atlas de Riesgo Climático para Chile’ (ARClim), un proyecto liderado por el Ministerio de Medio Ambiente, ya identifica a nuestra región como un ‘hotspot’ de vulnerabilidad, expuesta a una combinación de riesgos: tsunamis en la costa, inundaciones en cuencas como la del Laja y el Biobío, y la amenaza latente de incendios en la interfaz urbano-forestal que define a comunas como Cabrero y Yumbel. ¿Conocen los vecinos de Monte Águila sus zonas seguras ante una inundación del Laja? ¿Están las rutas de evacuación en Dichato o Llico permanentemente despejadas y señalizadas para un evento que podría ocurrir a las 3 de la madrugada?
La experiencia de Acapulco no es una noticia lejana; es una advertencia. La verdadera preparación no reside solo en los informes técnicos de SENAPRED o en la tecnología del SAE, sino en la memoria colectiva, en los simulacros realizados con seriedad y en la certeza de cada vecino, desde el pescador de Talcahuano hasta el agricultor de Cabrero, de saber exactamente qué hacer cuando la naturaleza muestre, una vez más, su implacable fuerza.




