Chile exhibió dos caras en Lisboa, cayendo 2-1 ante Portugal. Una primera mitad de alarmante pasividad fue contrarrestada por una reacción tardía e insuficiente, dejando un mar de interrogantes sobre la consistencia del proyecto de cara a los desafíos oficiales.
LISBOA, PORTUGAL – La Selección Chilena cerró su gira europea con una derrota por 2-1 ante Portugal en un encuentro amistoso que dejó más dudas que certezas. El partido, disputado en el Estádio da Luz, fue un fiel reflejo de la irregularidad que ha marcado el proceso: un equipo capaz de lo peor y lo mejor en 90 minutos, una dualidad que en el fútbol de alta competencia se paga caro.
El primer tiempo fue una exhibición de la superioridad táctica portuguesa. El equipo local, con un mediocampo dinámico liderado por Bruno Fernandes, ahogó la salida chilena y explotó las bandas con una velocidad vertiginosa. La falta de presión tras pérdida y los desajustes en la última línea de La Roja fueron evidentes. El marcador se abrió temprano con una diagonal letal de Rafael Leão y se amplió antes del descanso con un cabezazo de Rúben Dias tras un córner, evidenciando una fragilidad alarmante en el juego aéreo defensivo.
Tras el descanso, el cuerpo técnico chileno movió piezas y el equipo mostró otra cara. Con un bloque más adelantado y una mayor agresividad en la recuperación, Chile comenzó a generar peligro. El ingreso de jugadores de refresco le dio otro aire al ataque, culminando en el descuento de Ben Brereton Díaz al minuto 78, tras una buena jugada colectiva que finalizó con un remate ajustado.
La Roja demostró que tiene las armas para competir, pero la élite internacional no perdona 45 minutos de pasividad. Reaccionar es una obligación, proponer es una virtud que este equipo aún debe consolidar para aspirar a cotas mayores.
Para el hincha, este partido es un termómetro preocupante. Si bien la capacidad de reacción en la segunda mitad ofrece un atisbo de esperanza, la pregunta de fondo es por qué el equipo necesita estar en desventaja para mostrar su mejor versión. Este tipo de desconexiones son las que cuestan puntos vitales en las clasificatorias sudamericanas, un torneo que no permite regalar un solo minuto. La lección de Lisboa es clara: sin consistencia y una identidad de juego clara desde el pitazo inicial, el camino al próximo mundial será una cuesta empinada y llena de obstáculos.




