Un reciente estudio revela que niños y niñas chilenos pasan un promedio de cuatro horas diarias frente a pantallas, acumulando 60 días al año en el mundo digital. Esta inmersión temprana, con más de la mitad accediendo a dispositivos antes de los siete años, plantea serias interrogantes sobre el desarrollo infantil y la salud pública en la Región del Biobío y el país.
La realidad de las infancias chilenas en 2026 se dibuja cada vez más detrás de una pantalla. Datos recientes, como los arrojados por la Octava Radiografía Digital 2025, son contundentes: un alarmante 55% de los menores en Chile tuvo su primer contacto con un celular, tablet o computador antes de cumplir los siete años. Esto significa que la interacción digital precede a menudo a hitos fundamentales en el desarrollo social, motor y lingüístico, que tradicionalmente se forjaban en el juego y la interacción directa.
Un estudio internacional de Qustodio, aunque centrado en Estados Unidos, España y Reino Unido, ofrece una perspectiva global preocupante: un sexto de la infancia se vive enteramente en el ámbito digital, con niños dedicando aproximadamente cuatro horas diarias a dispositivos electrónicos después de la jornada escolar. Esta cifra se traduce en 1.460 horas o el equivalente a 60 días completos al año inmersos en plataformas digitales. La extrapolación de estas tendencias a Chile, considerando la alta penetración tecnológica, sugiere un escenario similar o incluso más acentuado.
Desde la perspectiva de la salud pública, el Ministerio de Salud (Minsal) de Chile, en línea con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha enfatizado repetidamente los riesgos asociados al uso excesivo de pantallas en la primera infancia. Estos incluyen el sedentarismo, que contribuye a las crecientes tasas de obesidad infantil en el país, problemas de visión, alteraciones del sueño y un impacto significativo en el desarrollo cognitivo y emocional. La exposición temprana y prolongada puede dificultar la adquisición de habilidades sociales esenciales, la capacidad de concentración y el desarrollo del lenguaje.
Para los vecinos de Cabrero y la Región del Biobío, esta problemática no es ajena. En un contexto donde la conectividad se ha vuelto indispensable, especialmente tras los desafíos de la última década, equilibrar el acceso a la tecnología con un desarrollo infantil saludable es un imperativo. Las escuelas y centros de salud locales enfrentan el desafío de educar a padres y tutores sobre los límites de tiempo de pantalla recomendados y fomentar actividades al aire libre y el juego tradicional. La falta de espacios seguros y estimulantes para el juego en algunas comunidades rurales o urbanas de la región puede, además, empujar a los niños hacia el refugio de las pantallas.
Es crucial que las políticas públicas, tanto a nivel nacional como regional, aborden esta desconexión de la realidad física. Iniciativas que promuevan la alfabetización digital responsable, el acceso a espacios recreativos y el apoyo a las familias para establecer límites claros son fundamentales para proteger el futuro de nuestras infancias. El costo de vivir tras una pantalla no es solo individual, sino que hipoteca el capital humano y social de la próxima generación.




